No tengo tiempo. Así que no he podido editar nada en estos días. Parece que la semana horribilis está tocando a su fin y quiero tener más continuidad.
Cosas: un tema que no he tratado como se debía es el tema de las peluquerías. Los que me conocen saben de mi aversión por ir al peluquero (me gustaría que un golpe de aire hiciera el trabajo). Todo parte de un trauma infantil (como casi todo, es la época que forma el carácter): acudía al peluquero de toda la vida, cuando existían barberías y eso de unisex se refería al hermafroditismo, y ese individuo, que había aprendido en la mili por cierto, se dedicaba a machacarme las orejas (siempre me hacía unas heridas horribles que se acentuaban con el uso de las gafas -recuerdo incluso haber llevado algodones para atenuar el dolor, os podéis imaginar la estampa-) y voltearme la cabeza de un lado a otro, amén de la inquietante vibración que producía la maquinilla eléctrica y el sonido rasposo de la cuchilla clásica amenazando mi nuca. Aparte de eso, normalmente desperdiciaba de una a dos horas en ese antro (un cuchitril, con canario incluido) y tenía que soportar la típica conversación cuartelera de los paisanos de turno (como un bar de viejos). ¡Y siempre terminaba haciéndome el mismo corte de marinerito! Joder, parecía que iba a hacer la primera comunión todos los meses. Para completar el cuadro, siempre había un tipo allí que me daba mucho miedo, se dedicaba a barrer los pelos sobrantes y parecía un tarado sicópata con antecedentes penales (también lo veía en la iglesia y, por lo que parece, le daban unas monedas por ayudar al cura a llevar los cirios). Con este panorama para mí eso era el tren del terror, un viaje con retorno a la locura de los mayores.
Cómo no, terminé dejándome el pelo largo, en cuanto pude, y así estuve siete u ocho años sin pasar por una peluquería. Al regresar, por circunstancias que prefiero olvidar, decidí ir a peluquerías de señoras (o unisex, que viene a ser lo mismo) donde por un poco más (el corte masculino es mucho más barato) te lavaban el pelo y te cortaban con mimo. Pero, aun así, sigo sin ganas de ir. Intento alargarlo lo más posible, hasta que ya no lo aguantan más (sí, tenso la cuerda lo justo) y eso suelen ser cinco o seis meses. No está mal, dos o tres veces al año.
Ahora me surgen ciertas dudas sobre el negocio. Primero, ¿por qué hay que hablar mientras te cortan? Vale que no te obligan pero provocan un silencio tan incómodo que tienes que decir algo (es como estar en un ascensor pero con alguien manoseando tus pelos). Podrían poner la música o la radio muy alta y problema resuelto.
Segundo: ¿por qué no puedes reclamar el corte que te han hecho? Sabido es que da igual qué indicaciones le des a la peluquera que te va a hacer lo que le sale de dentro (como un artista caprichoso) porque quién coño eres tú para decirles qué te sienta bien (como los albañiles/ pintores/ fontaneros). Yo pido un corte normal pero siempre me salen con "te lo dejo más corto por aquí" o "esto está de moda ahora". Entonces, visto que hacen lo que quieren y que después de haber malgastado como poco una hora de tu tiempo sólo quieres salir de ahí pitando, con lo que no te fijas bien en lo que te han hecho, ¿por qué no puedes volver al día siguiente y decirles que rectifiquen o que te devuelvan el dinero? Debería ser como la ropa, te la pruebas en la tienda, la compras pero tienes la opción de devolverla. Cuántas veces sales de la peluquería te enfrentas al Gran Jurado y tienes que oír "demasiado corto te lo han dejado", "te tendrían que haber dejado el flequillo", "mucho te han dejado", "¿para eso has ido?" (parecen los Yoda del corte de pelo). Así que deberíamos exigir la reparación de la faena.
Tercero: No sé si habéis pensado en lo peligroso que es la manipulación de unas tijeras cerca de tu cabeza. Me acuerdo que hace tiempo vi una película en donde cortaban la oreja de un pobre desgraciado mientras lo pelaban. Eso marca. Ese "click, click, click" que oigo en mi oreja continuamente me exaspera. A veces estoy a punto de gritar y salir con el babero gigante ése que te ponen a la calle a respirar. En fin, manías aparte, ¿no deberían tener un seguro de peligrosidad por si acaso?
Total, ya me he desahogado y, quizás, estoy preparado para otro corte inminente. ¿Algún consejo? (Y no vale lo de las revistas del corazón que ya me gustaría que pusieran cómics o algo para leer). Sip.
PD: Parece que la cuestión de los vaqueros no ha calado entre los cuatro gatos que leen esto. Pero lo de las peluquerías...
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2 comentarios:
te daría una brazo ahora mismo, porque cojones hay que hablar..? yo en granada terminé llendo a uno que le llamaba "el mudo" un viejo que pelaba y PUNTO..cojonudo, de verdad cojonudo. Me joden los típicos comentarios y chistes de peluquería, sobre todo de futbol, me gusta mucho el futbol pero me jode hablar de él.
Consejo, sigue llendoa alas peluquerías unisex y dejate aconsejar por quien entiende de éstom las tías y los maricones. Piensa que si no fuera por ellos, todos seguiríamos llendo peinados como miky rooney. otro consejo, tienes que ver en la pagina de muchachada el sketch de los peluqueros, al final todo se reduce a combinar lo clásico con lo moderno, como zuquero en baila morena.
Mil abrazos.
jajajaja...ya veo q todavía no te has percatado de ese maravilloso mundo!!! el de las peluquerías!!!! un consejo....déjate hacer y relájate...sí...exactamente como para éso....encantada de compartir este espacio contigo....un beso
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