A veces me sorprendo pensando en algo sobre lo que escribir en estos huecos como si fuera una especie de columnista digital y me olvido que esto debe ser un brainstorming sin pies ni cabeza. Así que, como voy con retraso, vamos al lío.
Estuve en una despedida de soltero el fin de semana con los amigos que conservo del instituto. Un grupo ya tan extraño y heterogéneo que se ha convertido en una familia disfuncional como las que suele tener todo hijo de vecino. Pero me da por pensar que un grupo de amigos "nunca" debe ser una familia, porque entonces entramos en el terreno de las "obligaciones". Si la amistad tiene algo de decente es que te exime de esas engorrosas responsabilidades que tiene la familia, como la de quererla porque sí. Y eso es en lo que se ha convertido esta gente para mí: es que tengo que quererlos aunque no aguanto más de un día con ellos. Igualico que a mi familia. Sé que el problema es mío (estoy de psicoanalista con este asunto) y que, en realidad, he disfrutado esas contadas horas. Además, son impagables esos momentos que compartes con ellos en los que se mezcla la broma gruesa y la trascendencia vital. Una suerte de película trascendental maquinada por garrulos sentimentales. Luego sigo...
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